Nuestra atención es cada vez más frágil, y la habilidad de enfocarnos en un objetivo es cada vez más valiosa.

Pero perder la noción de tus circunstancias puede ser catastrófico, como le pasó a Arquímedes:

Marco Claudio Marcelo había tomado la ciudad de Siracusa, y le pidió a sus minions que buscasen a Arquímedes y lo trajeran sano y salvo.

En medio de la confusión y la violencia que lo rodeaba, un grupo de soldados entraron en la casa del matemático.

Allí estaba Arquímedes.

Uno de los soldados le gritó.

— ¡Eh! ¿Tú eres Arquímedes?

El otro no respondió. Parecía balbucear algo, mientras consultaba unos diagramas y fórmulas en el piso.

— ¡Que si eres Arquímedes, estúpido!, insistió el romano.

Arquímedes seguía absorto, sin prestarle atención.

El soldado desenvainó su espada y caminó hacia él.

— ¡Respóndeme!

Al acercarse, se tropezó con unos apuntes.

Arquímedes por fin, dejó salir un grito seco:

— ¡No perturbes mis círculos!

El romano, alterado por la insolencia, lo atravesó de parte a parte con el metal.

Marcelo lamentó muchísimo la innecesaria muerte del matemático a manos de sus propias tropas.

Pero quizá si Arquímedes hubiese estado un poco más atento de lo que le rodeaba, el resultado hubiese sido distinto.

Podemos aprender de su experiencia si lo vemos con una analogía:

A veces tenemos una idea genial.

Un proyecto, una empresa, un plan.

Nos emocionamos al darnos cuenta que es único, y comenzamos a desarrollarlo.

Por supuesto, no vamos a mostrarlo al mundo antes de que tenga cierto acabado. Queremos que sea algo genial desde el principio.

Meses después, lo mostramos al público, y pasan varias cosas:

En el peor de los casos, no lo necesitan.

En el mejor de los casos, lo necesitan… pero no de la forma como lo habíamos planeado.

Si lo hubiésemos lanzado antes, “imperfecto”, realizando ajustes progresivamente…

Hay un dicho que dice “No hables de tus planes para que se hagan realidad”.

Pero si no hablas de tus planes no tendrás retroalimentación. Y es lo más importante que necesitas para crear algo realmente útil.

En todo caso, muestra *lo que hace* y te guardas el secreto del *como*.

Algunos te darán retroalimentación sincera.

Otros te dirán que es una mala idea, o te criticarán con saña.

Otros (sin intención) te darán sugerencias que podrían confundirte.

¿Cómo filtras cada uno de esos escenarios?

Debes saber cómo ‘leer’ a las personas, y sus intenciones.

Precisamente ese es el núcleo de El Código Knesix:

Aprender a interpretar las verdaderas intenciones de los demás, a través de su lenguaje corporal, su comportamiento y sus palabras.

Aún puedes inscribirte, aprovechando el precio de lanzamiento:

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Te espero en el Campus Virtual,

Jesús Enrique Rosas – Director, Knesix Institute