Con frecuencia veo estas dos palabras usadas como sinónimos. Como si ser persuasivo o manipulador, fuese lo mismo.

Aunque las dos apuntan a que las personas hagan lo que tú quieres, ésta es una diferencia fundamental:

Nuestra capacidad de tomar nuestras propias decisiones.
Para ilustrarlo más fácilmente, voy a añadir un tercer término: Coerción, el cual no causa tanta confusión.

Es cuando te obligan a actuar en contra de tu voluntad; en otras palabras, eliminan tu capacidad de tomar decisiones.

Generalmente la coerción es notoria; sabes que alguien te impide actuar o decidir por ti mismo.

Y en ese sentido es diferente de la manipulación, que usualmente es encubierta.

Digamos que es una especie de coerción, pero llevada a cabo de tal manera que no te des cuenta.

El manipulador, a través de recursos como el ser pasivo agresivo, el gaslighting o explotar tu culpa, poco a poco va limitando tu capacidad de decidir y actuar.

Su meta es que termines dependiendo de él, emocionalmente.

Así puede propiciar que hagas lo que él quiere. Neutraliza tu capacidad de decidir.

Pasa mucho en las parejas, en los que uno de ellos termina ‘enjaulando’ emocionalmente al otro.

O en un ambiente de trabajo, cuando un pasivo agresivo manipula a otros para hacerse la víctima.

La persuasión es ‘prima’ de la manipulación y la coerción, con una diferencia importante:

En la persuasión, quien persuade no limita la capacidad de decisión de la otra persona.

En otras palabras, quien es persuadido tiene en todo momento la opción de no hacer lo que le sugieren.

Su libertad no está comprometida de ningún modo.

Para esto, el persuasivo combina tanto estímulos emotivos como argumentos racionales.

Dejándolo en claro: Sí, al persuadir buscas que la otra persona haga lo que tú quieres.

Y en eso, el objetivo es exactamente igual al de la coerción y la manipulación. En eso estamos claros.

Pero tanto la coerción como la manipulación limitan la libertad de la persona; una de forma notoria y la otra de forma encubierta.

De hecho, la manipulación aplicada por mucho tiempo produce estragos en el equilibrio emocional del manipulado.

Sin embargo, hay un dilema ético, principalmente entre la coerción y la persuasión.

Puedes pensar que la coerción es ‘mala’, pero en algunos casos puede aplicarse para el bien.

Por ejemplo, cuando le prohíbes a un niño pequeño jugar en un sitio que puede ser peligroso.

Limitas su libertad, pero para prevenir un riesgo.

Por otra parte, hay personas que usan la persuasión para hacer que otros hagan cosas en contra de sus propios intereses.

Por ejemplo, un vendedor que use la persuasión para que alguien compre algo que no necesita.

La persona tiene en todo momento el control… pero el resultado de su acción le perjudica.

En el caso de la manipulación, no hay ningún ángulo ‘positivo’, pues no hay nada bueno que pueda sacarse de convertir a una o varias personas en esclavos emocionales.

Para hacértelo aún más fácil, te propongo un ‘checklist persuasivo’.

– Si la persona tiene pleno conocimiento de que la están obligando a hacer algo (sea o no para su ‘bien’), es coerción.

– Si la influencia es mucho más sutil o incluso subconsciente, entonces es o bien manipulación o persuasión.

– Si la influencia busca crear un esclavo emocional a través de neutralizar sus emociones, es manipulación.

– Finalmente, si solo buscas convencer a alguien para que actúe por su propia cuenta… pero para que haga lo que tú quieres, es persuasión.

Puede que aún así te incomode el término ‘persuasión’, pero creo que no existe nadie que haya criado a un adolescente, que no haya recurrido a la persuasión en algún momento.

(Incluso si no sabía que la estaba usando, o ni siquiera cómo definirla exactamente)

Un ejemplo de persuasión podría ser el siguiente: un joven quiere salir un viernes por la noche con sus amigos, pero al día siguiente tiene una competición deportiva, importante para él.

Como buen adolescente, cree que una cosa no afectará la otra (Todos tuvimos esa época de creernos indestructibles, ¿no?). Pero tú sabes bien que está en sus propios intereses priorizar el amanecer fresco al día siguiente.

Por supuesto, sabes que usar la coerción va a tener el resultado OPUESTO a lo que buscas. Así que tienes que recurrir a la persuasión:

Un error sería afirmar que la salida nocturna le perjudicaría en su desempeño.

Es un razonamiento lógico, pero… va en contra de sus creencias: él CREE que puede disfrutar las dos cosas.

Y ese es otro punto importante que casi olvido de la persuasión: Para ser persuasivo tienes que tener la suficiente inteligencia emocional y empatía para reconocer y conectar con las creencias de la gente.

No puedes luchar contra sus creencias (a menos claro, que los manipules… y ya sabes lo turbia de esa vía)

En el caso del adolescente, la estrategia sería preguntarle si no sería mejor invertir el orden de los factores. Esperar a mañana a la competición, y luego salir con sus amigos mañana en la noche (que seguramente algo inventarán).

Incluso así podría presumir con ellos el resultado de la competición (para la cual estaría fresco).

Otro argumento podría ser presionarlo emocionalmente, recordándole todas las personas que esperan su máximo esfuerzo mañana (más aún si es un deporte de equipo)

También existe el recurso de ponerlo a él en los zapatos de su entrenador. ¿Cómo se sentiría si después de tantos meses de práctica, no se presentase su pupilo totalmente fresco a una competencia?

Fíjate que en todos los casos buscas influir en su decisión, pero en última instancia la decisión es suya.

De eso se trata la persuasión; sutil, a veces emotiva y otras racional, pero siempre dejándole a la persona la libertad de decidir.

Por supuesto, cuando persuades es imprescindible tanto leer el lenguaje corporal, como ‘actuar’ con el tuyo.

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¡Mucho éxito!

Jesús Enrique Rosas

Puedo escribir toda una historia cuando leo tu lenguaje corporal.