La persuasión es la forma de hacer que los demás hagan lo que tú quieras… y que estén felices de hacerlo.

La reacción de Edgar Degas al escuchar un teléfono por primera vez, ilustra muy bien un factor importante:

Degas era un hombre extremadamente conservador.

Es una cualidad bastante extraña en un pintor que se ganó a pulso su inmortalidad; no logras eso imitando lo que hacen los demás.

Quizá era solo revolucionario en el arte, pues en su vida personal detestaba el ‘progreso’.

Su buen amigo Jean-Louis Forain, era todo lo contrario a él; era un ávido del progreso.

Si hubiese vivido en esta época, probablemente haría cola de dos días por un iPhone nuevo.

Curiosamente, en aquel entonces el teléfono era una novedad, y Forain tenía uno en su casa.

Queriendo provocar a su conservador amigo, lo invitó un día a cenar.

Previamente había quedado con un tercero para que lo llamara por teléfono a una hora concreta.

Degas y Forain cenaban cuando a la hora convenida, sonó el aparato en la sala.

Forain se puso de pie rápidamente.

Fue hasta la sala, descolgó el auricular y hablando más duro que una abuela, pidió disculpas diciendo que en ese momento comía.

Regresó sonreído a la mesa. Degas lo veía con cierto desdén.

— ¿Ves, amigo mío? ¡eso es el teléfono!

El pintor vio el aparato de reojo, y dijo:

— Ah, así que de eso se trata. El trasto ese suena, y tú sales corriendo.

Podríamos decir que Degas era bastante amargado y que no creía en ningún tipo de tecnología.

Pero hasta de su actitud indiferente (y casi hostil) ante el aparato, podemos sacar un principio persuasivo.

Un principio de la persuasión es la percepción de ser una autoridad.

No me refiero a que tengas un cargo de fuerza o poder; sino que te perciban como la persona idónea para eso a lo que te dedicas.

Es una combinación de tu reputación con la manera como te vendes a los demás.

Esa autoridad inspira confianza y facilita que la gente quiera hacer negocios contigo.

Uno de los factores de esa imagen es la serenidad; a la gente le cuesta confiar en alguien que vive disperso y en un constante estado de alarma.

Alguien que ‘brinca’ apenas suena el teléfono.

En esta época no es suficiente con mantener esa serenidad en persona; también tienes que hacerlo en tus comunicaciones digitales, públicas y privadas.

Y para una figura pública (con el estrés que eso conlleva), poder hacerlo sin un asesor competente sería una tarea imposible.

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Jesús Enrique Rosas

Puedo escribir toda una historia cuando leo tu lenguaje corporal.