Era la época de Mad Men, y el famoso dramaturgo Arthur Miller estaba sentado solo, en un bar.

De pronto, se le acercó un hombre de traje impecable y ligeramente pasado de tragos.

Le preguntó:

— ¿No eres tú… Arthur Miller?

Miller se le quedó viendo. No lo recordaba de nada.

— Eh, sí, soy Arthur Miller.

— ¿No te acuerdas de mí?

El escritor estiró una sonrisa mientras trataba de hacer memoria.

— Bueno… tu cara me es familiar.

— Pero Art, ¡Si soy tu viejo amigo Sam! ¡Fuimos al colegio juntos!

Miller miraba alrededor, para ver si alguien los veía. El otro seguía hablando sin parar.

— ¡…y cuando salimos en esa doble cita…! ¿Recuerdas?

— Eh… me temo que no recuerdo, yo…

— Bueno Art, ya ves que me ha ido bien… pero, ¡Cuéntame de ti! ¿A qué te dedicas?

— Bueno, yo escribo.

— Ah, ¿Y qué escribes?

— Bueno, más que todo teatro.

— Genial. ¿Te han producido alguna obra?

— Sip. Algunas.

— Wow, ¿Puedo saber de alguna?

— Sí, claro… ¿Has oído hablar de “Muerte de un Vendedor”?

A Sam se le cayó la mandíbula.

Se puso blanco. Se quedó mudo.

Segundos después, gritó:

— ¡PERO SI TÚ…! ¡TÚ ERES ARTHUR MILLER!

— — —

Quizá Sam se pasó de alcohol, o la poca luz le impidió reconocer a quien tenía enfrente en ese momento.

El caso es que Miller ya tenía fama mundial (aún antes de casarse con Marilyn Monroe en 1956)

¿Podría pasar algo así hoy?

Lo dudo mucho.

Tener la ‘opción’ de ser o no una figura pública, ya pasó hace tiempo.

Claro que son pocos en la actualidad quienes tienen el renombre de Miller (gracias a la calidad de su trabajo).

Muchos son ‘influencers’ sin mucho que aportar.

¿Qué deberías hacer tú?

Algunos dicen que ‘uno debería dejar que el trabajo hable por uno’.

Pero no, no funciona así.

Y menos si tu trabajo ni siquiera llega a verse, como los cientos de partituras de Bach que usaron para envolver las meriendas de los monaguillos.

Tienes que recurrir a la persuasión.

Nómbrame cualquier personaje de la historia, y será más que evidente la conexión de su éxito con su habilidad de persuadir.

Desde la Madre Teresa hasta Steve Jobs.

El mismo Arthur Miller habrá sido un desconocido al comienzo de su carrera.

Tuvo que persuadir para surgir.

En esta Economía de la Atención, muchos han perdido fortunas tratando de hacerse notar comprando publicidad.

Pero la publicidad por sí sola, no funciona.

Menos aún si no aplicas los principios de la persuasión que no han cambiado desde Babilonia.

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¡Mucho éxito!

Jesús Enrique Rosas
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