Si bien saber argumentar y tener dominio del verbo es imprescindible para persuadir, en ocasiones una acción habla por sí sola.

El compositor británico John Bull no dudó en recurrir a esta táctica al visitar Saint-Omer:

A los oídos de Bull llegaron noticias de un músico destacado en la catedral de Saint-Omer, allá por el siglo XVI.

Eso despertó su curiosidad, así que decidió visitarlo sin revelar su verdadera identidad.

(Supongo que en aquella época era más fácil pasar desapercibido)

El hombre recibió a Bull, mostrándole una composición en cuarenta partes, alardeando que era tan completa que nadie sería capaz de añadirle algo, ni mejorarla.

Bull pensó sugerirle las mejoras que podía hacerle a la obra, pero la arrogancia del otro le inspiró una mejor idea:

Le pidió pluma, tinta y papel, y que lo encerrase bajo llave en una de las salas de la escuela de música de la catedral.

“Vuelva en dos o tres horas, y entonces abra la puerta”, fueron sus últimas palabras antes de que la cerraran.

El otro le obedeció, no sin cierta extrañeza.

A las tres horas, abrió la puerta.

Salió Bull con un montón de papeles manuscritos con lo que parecía una composición; en menos de lo que dura “El Irlandés”, le había agregado cuarenta partes más a la obra.

El otro lo examinó con sumo cuidado con las pupilas dilatadas.

Totalmente perturbado, solo atinó a decir:

— Pero… ¡Virgen santísima! ¡Esta composición solo pudo haber sido escrita por el mismísimo Lucifer… o el Dr. John Bull!

Podemos imaginar a Bull guiñándonos un ojo y respondiendo, muy a lo Tony Stark:

— Yo soy John Bull.

El músico francés, avergonzado, se tiró al piso en admiración, cual Wayne & Garth frente a Alice Cooper.

¿Podría Bull haberse ahorrado la molestia de esa demostración?

Posiblemente. Pero por supuesto, era un maestro compositor… y en realidad no fue una molestia para él.

Sabes bien que soy un fanático de la persuasión, y me fascina experimentar con todo tipo de tácticas al respecto.

Pero puede darse el caso en el que tendrás que demostrar, más que hablar.

Y para eso es crítico el lenguaje corporal: de otra forma no podrías ‘medir’ a la persona.

Para las personas es muy fácil mentir con sus palabras.

Con su cuerpo, es un poco más difícil; con el rostro y con la voz casi imposible sin entrenamiento supervisado.

La habilidad para detectar esas contradicciones te ahorraría un montón de energía, evitando frustraciones.

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Jesús Enrique Rosas

Puedo escribir toda una historia cuando leo tu lenguaje corporal.